enero 29, 2009

Hoy hace exactamente un mes que comenzó tu silencio, un silencio nuevo, sin precedentes. Me entretengo las manos para no buscarte. He paseado, sin querer, por los breves sitios en los que nos conocimos. No hacía frío hoy, era como el mes de abril un miércoles por la tarde de enero. Me entretengo las manos, les busco algo que hacer, me las guardo en los bolsillos para no buscarte. Y de repente descubro que existe Jonas Bendiksen, que ese hombre mira con filtros y lentes que no entiendo, que ese hombre tiene 32 años y ve mariposas blancas junto a una nave espacial. Y lo encuentra, no sé qué hay pero él lo encuentra. Y yo miro sus fotos como si las miraras tú, preguntándome cómo las mirarías y apretándome las manos por debajo del abrigo, que me cuelga de un brazo. Me quedo ahí, en un noruego llamado Bendiksen y las mariposas blancas y los satélites y desespero por no poder contártelo, porque hace un mes que guardas un silencio nuevo, distinto a todos los silencios, que yo no sé cómo interpretar y que enloquezco, enloquecen las manos deseando contarte, o llevarte a verlo, enseñarte esas fotos o contártelas y explicarte algo que sin tus oídos no sé cómo explicar.

enero 24, 2009

Más que el viento es el ruido, la constancia del ruido. Y las cartas sin dueño que hay repartidas por todas las calles, los papeles de colores que anuncian algo, las vasijas de barro rotas, los carteles de se vende planeando los balcones, la tierra removida, repartida en las entradas de todos los edificios. Y unas bragas rojas y un calcetín marrón en la puerta de los supermercados, y los mendigos sacudiéndose el polvo de la cara, y todo el mundo quitándose algo que se le ha metido en el ojo. Los abrigos inflándose de aire, caminar haciendo fuerza con los brazos, que se arruguen en la mano los exactamente cuatro documentos fechados y firmados que hay que entregar en el registro general un sábado por la mañana para que. Pero es sobre todo el ruido, la ropa interior en los semáforos y el ruido. Deberíamos por eso permanecer en silencio, hacer la compra en silencio, cruzar las calles en silencio para acabar con el ruido por compensación. Pero no. No nos callamos nunca. Hay siempre señoras en una cola hablando de la caspa de su hija, cajeros que no saben dónde está Europa, que te preguntan, te dicen "oye, tú eres de fuera", y mucho ruido en las calles, en los toldos descolgados, en la ropa perdida, abandonada y enganchada en la valla de un colegio, en todas partes y otra vez un exceso de ruido.

enero 18, 2009

persiana

(Del fr. persienne).

1. f. Especie de celosía, formada de tablillas fijas o movibles, que sirve principalmente para graduar la entrada de luz en las habitaciones.

DRAE



No gradúa la luz, ya no entra nunca la luz. Hace ya un mes que la persiana rota. Y ha dejado de significar eso para significar mucho más que sólo una persiana rota. Ahora es como una fiebre esta oscuridad de abismo, como una tristeza o un mal de ojo. Me produce la persiana rota algo así como cansancio, aburrimiento, decepción con el mundo. He puesto en la persiana rota llantos que no le pertenecían, pero que ahora significan una persiana rota. Me produce la tristeza que producen las llamadas perdidas, buscar y que no haya nadie, una y otra vez, al otro lado del teléfono. La tristeza que producen las citas a las que no se va, a las que no vienen, o una vez en que todo el mundo se olvida de tu cumpleaños. Es mentira que vayan a venir a arreglarla. Durante un mes me dicen: Mañana vamos a arreglarla. Y yo me enfado y lo siento todo como una broma, como si se pusiera de acuerdo alguien, "ellos", y pongo ahí todas mis pequeñas patologías mentales, eso que él llamaría "paranoia", o "neurosis", y lloro por la pequeña desgracia de una persiana rota.

enero 15, 2009


El insomnio. La textura de chicle del insomnio. Cierro los ojos y veo París, la nieve en París, tiendas de libros, el olor a pan y las ventanas que él hizo nuestras, permitió que por unos días nuestras. Cierro los ojos y veo todo menos lo que ven los que duermen. Lo veo todo vivo, en ebullición. Me recorre una emoción parecida a las ganas de salir que dan algunos sábados por la tarde. Esas ganas de las que hablamos a veces y en las que apetece maquillarse muy despacio y durante horas mientras de fondo una canción de The Blows o Los Smiths. Una emoción que no tiene sentido, ni cabida, un miércoles a las tres. Así que me rindo, enciendo luces, toso a una orilla de la cama, enciendo la radio, apago la radio, enciendo una vela, incienso, me asomo al balcón con la manta sobre los hombros y las gafas puestas y el sueño en todas partes menos donde tiene que estar. Nos veo, estamos las dos, los tres en París, y creo que esta noche es como empezar a estar triste, como esa cosa de después que producen los viajes. Abro una caja que está siempre ahí, cerrada, impidiendo la caída de diccionarios y otros libros. La abro después de años ahí, sin tocar, y hay un plano de Lisboa y una mano de Fátima y siete anillos mexicanos de plata y la dirección de David en Argentina y la letra de Rape me y dos páginas arrugadas de La Nación, de Buenos Aires, y el capítulo 7 y dos botellas de cristal vacías de cerveza y una maraca rota y animales de mar y pintauñas y billetes de avión y un terrón de azúcar y un portarretratos con un faro pintado por ella cuando quería aprender a pintar y antes de que se fuera al norte. Hay billetes de autobús, fechas a medio borrar, sus falsificaciones etílicas, poéticas, de etimología y un papel doblado e intacto, menos sucio, menos aparentemente viejo que los otros. No sé de dónde ha salido ese papel. En ese papel alguien habla de notarse los órganos internos. Lo leo y no consigo. No lo sé. Me desvela aún más ese papel. Están bien contados los órganos, está perfectamente explicado un páncreas y la fealdad de la taxidermia. No sé quién de cerca puede escribir así, puede haberme dado ese papel. Me desvela y lo leo y lo releo y lo memorizo y sigo sin saber. Vuelvo a rendirme, a apagar luces, a cerrar el balcón. Y sigo en el centro exacto del insomnio.

enero 06, 2009

Siempre absolutamente siempre que he hecho algo que detesto en una barra decido descalzarme para hacer el camino de vuelta. O no he hecho nada que detesto, a lo mejor, pero me he cansado y he tenido la gravedad en los tobillos o en los tacones y he querido volver. Y mientras tanto bostezar, beber un poco del ron que te ofrecen, oírlo decir: Ella es la que se ha ido. Yo no entiendo el verbo 'irse'. Él explica la diferencia entre un vino seco y semiseco y finge que el vodka es vino y lo mira al trasluz y se mueve en su taburete. Decir: Lo siento. Adiós. Volver descalza. No sé por qué siempre que pasa algo así volver descalza. Aunque no pase nada. Aunque él siga cerca de la lámpara verde, mirando el vodka, jugando a que es vino o nombrando Túnez y otros lugares que desde los charcos de la barra parecen ser mentira o no existir.