junio 21, 2011
15 de mayo de 2011, Bks.
Como creo en el movimiento de todo aquello que se mueve y está vivo, yo también iré a Lichtensteinallee número 1. Porque también creo en la fuerza de las masas y en la voz de la gente en calidad de gente. Porque quiero decir, estar, oír, tener cerca el calor de los que gritan. Pero somos producto y somos causa. Y eso es lo que no quiero olvidar. Es peligroso que en la rabia no recordemos que cada uno es responsable de su por dentro y de sus actos. Gritamos “indignaos” pero bebemos coca-cola, somos la víctima del mercado pero nutrimos el mercado. Salimos a la calle con toda la ira y una idea vaga de que algo no funciona en todo esto y que no se sabe muy bien quién nos ha traído hasta aquí. Pero cuando tanto se quiere que algo cambie, cuando se pide que tiemblen los cimientos hay que estar dispuesto a la renuncia. Los que ya han renunciado a todo lo saben, y ellos no tienen ahora más que su “nos queda la palabra”. Para los otros, los que no hemos renunciado a nada o casi nada, es importante saber que no basta con quedarse en el asco. Hay que llevarse también la “revolución” piel adentro, abrir todo lo posible las orejas y los ojos. Hemos vivido a ciegas, televisiones de plasma, dos coches, casas cerca del mar. Hemos gritado nombres equivocados y no creído en nada. Hemos consumido televisión y mala prensa. Nos hemos quedado muy quietos en las noches, cuando todo era exactamente como hoy sólo que sin que hubiera la chispa saltado todavía. Por eso es importante decírselo por fuera, así como decírselo por dentro. No olvidar que somos la resaca de ese tiempo y dueños de algo pequeño pero propio: el acto. Que quizá la única acción posible es cambiar de ritmo, tocar la tierra, comer caliente, vivir despacio, decrecer: http://www40.brinkster.com/celtiberia/decrecimiento.html
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