julio 12, 2009

Aquí también hay vencejos. Después de cuatro días de lluvia incesante, de oír los aviones despegar y no encontrarlos en esa masa gris que había ahí donde debería estar el cielo, ha parado de llover. Ha sido poco a poco. En realidad no sé bien cómo ha sido. Sé que de repente un calor en la nuca, un reflejo en la pantalla, cierta alegría desconocida. Y abrir las ventanas y dejar que entre el aire con olor a mojado, a tierra mojada, a los puentes mojados, a la Meuse mojada. Y entonces ese sonido familiar, acogedor, reconocible. Ese sonido sencillo y de verano, como si aquí hubiese llegado alguna vez el verano. Los vencejos. Me gustaría explicarlo pero no sé. Sólo sé que los vencejos.

julio 10, 2009

On soup?

El norte está dispuesto de manera hostil. Las ciudades se alargan y aquí da igual que te mojes bajo la lluvia y se te arrugue el plano y acabes en el fin de todo en lugar de en la estación central. La boca, la lengua tan torpe, apenas pronunciando palabras que en otro tiempo supiste pronunciar. Y a lo mejor no es hostil, a lo mejor no es todo esto, es sólo tu torpeza, tu acabar de llegar, tu timidez. En realidad puede que la gente te sonría, que alguien te mire a los ojos al cruzar el Pont de l'Eveche, que el beso en la mejilla que te dio ayer la cónsul tuviera toda la fuerza que ella quiso ponerle. No sé. Entonces te rindes y aparecen señales. Frente a ti, también en el centro justo de la lluvia, un cartel de cine en el que lees Inland Empire. Apuntas la dirección del cine (qué importa si Lynch, si tantas veces temer a Lynch, no entender a Lynch, si ahora Inland Empire se convierte en el único vínculo, en la única realidad reconocible). Recorres metros y llueve, pero no te molesta esta lluvia. Lo encuentras y está desierto, vacío, y en la puerta escrito a mano: Cerrado hasta octubre. Te das cuenta de que has venido a una ciudad en vacaciones. Puede que todo esté cerrado hasta octubre, hasta el día justo de tu marcha. Y ahí ya sí te rindes un poco. No te rindes, descansas. Te vuelves a casa por el camino más corto, bordeas la citadelle sin mirarla, te molesta el frío en el pecho y la lluvia en los pies. Y entonces que llamen a la puerta, tú con el cepillo de dientes en la mano, confundida, equivocada de idioma, y que sea él, padre, recién llegado del trabajo, él que recoge a los hijos de actividades de agua, él que acampa en los fiordos noruegos y compra libros persas y ahora viene y te dice: On soup? Y basta así, basta con eso, con la sílaba átona de su interrogación, te basta.

junio 29, 2009

Deconstrucción

En el salón hay doce bolsas de basura perfumadas llenas de ropa y libros y cartas y más libros. Hace calor en el salón y en las paredes. Hemos quitado las cortinas. Hemos devuelto la luz a los lugares de la luz. Todo está como estaba, aunque los colores se ven de otra manera. Se trata del calor y de deshacerlo todo. Es sólo eso, invertir el camino y otra vez no recordar dónde hay que estar. A lo mejor debería estar subrayando en rojo y bajo un flexo de luz blanca un artículo de Wolfgang Iser. Sin embargo sólo el calor y el verbo deconstruir.

junio 16, 2009

Bellis perennis



El calor se parece al viento y al ruido. Es lo mismo, ataca a esa misma parte cansada de la materia gris. Hace calor de agosto en mitad de junio. La planta estaba muerta en el balcón. La planta significaba tanto que he puesto una canción para llorarla o hacerle duelo. La planta muerta de sed y de olvido y de exceso de luz. No, de olvido no, es mentira que de olvido. La planta tenía nombre pero no puedo nombrarlo. Los nombres matan, delimitan, acaban. No me gustan los nombres. Le he arrancado las flores y las hojas. Ha quedado nada más que la raíz, que imagino cubierta de lombrices de tierra. La planta estaba viva y ahora, por algún cambio irreversible en su química o su savia, ya no lo está más. He deseado fumar para sentarme a su lado y estar fumando. Hay más plantas en el balcón, pero esa era la única con nombre. Tú sabes qué nombre. Un día era marzo y ya habían cerrado las tiendas y salían todos los alumnos oliendo a aguarrás o a pintura de la escuela de arte. Era el mismo camino desde diferentes lados. Un día era un paso de cebra y los semáforos. Era desviarse sin saber que aquello no se podía llamar desvío. En el cartel decía: Bellis, 1,50. Y él me dijo: "Estábamos a punto de cerrar. " Y: "Transplántala en seguida." Bellis no significa nada. Bellis se llaman todas las margaritas del mundo. Recuerdo que le pensaba un nombre y que hice el camino contrario mientras todos salían de la escuela de arte. La intersección. La luz en rojo. Que a lo lejos (y no es cierto que lejos, en realidad entre una línea y otra de ese paso de cebra) alguien pronuncie tu nombre. Está muerta y juré no contar que le di un nombre que pronuncié como si rezara al regarla, al ponerla al sol, al guardarla en la sombra. En realidad busco entre la tierra con los dedos y aparece una porción de verde, de brotes o de raíces vivas, y me juro no nombrarla ya más para que a partir de ahora, y si sobrevive, no signifique tanto.

Hondura

José Antonio Antón Pacheco
de El pozo y la estrella

Sabemos que toda tierra tiene su cielo, y que en el fondo de la espesura late un centro de claridad, pues en lo éxtimo reposa lo íntimo. De igual forma, bajo el tren que el aire corta se esconde otro, su doble, invisible, y al viajero exterior corresponde el interior.

junio 15, 2009

El Inmaduro

Manuel Vilas

De Resurrección

"Me pasa siempre, y duele, y confunde. Debe ser algo relacionado con la desesperación de vivir. Si estoy en Barcelona, me gustaría estar en Madrid.

Si estoy en Zaragoza, me gustaría estar en La Coruña. Si estoy en La Coruña, me gustaría estar en la cima del Aneto, comiendo setas venenosas bajo el cielo helado. Si voy al cine, en mitad de la película me entran unas ganas revolucionarias de estar en mi casa viendo la televisión. Si estoy sentado en el sofá viendo la televisión, me gustaría estar muerto y enterrado en el cementerio, contando los días que faltasen para la resurrección de la carne.

Todo me persigue, ciudades, cines, casas, cementerios. Si estoy con amigos, preferiría estar con amigas. Si estoy con amigas, me gustaría estar con enemigas. Si estoy con enemigas, me gustaría estar en casa durmiendo la siesta. Si me compro unos zapatos con cordones, en que salgo de la tienda y ando por la calle empiezo a envidiar a todos aquellos que llevan zapatos sin cordones. Y también me pasa con las camisas, las cazadoras, los pijamas, y las sandalias en el verano. Y también con las vidas: Si me pienso abogado, preferiría ser médico. Si médico, sacerdote. Si sacerdote, hombre casado y con siete hijos. Si casado, soltero. Si soltero, viudo muy apenado. Si viudo, monje. Si monje, matador de toros. Estés donde estés, no has acertado por completo. Siempre hay algo más barato y mejor por ahí. Siempre hay vistas desconocidas en el acantilado de la vida. Me está matando esto de vivir una sola vida. La gran muerte de vivir en una sola forma."



mayo 20, 2009


Me pides que te explique la casa y está mal que me pidas eso. Yo creo que la casa nuestra ya no existe más ni existió nunca o si existió fue tan solo a ratos en los que la creí posible. Yo creo que la casa soy yo (porque tú no venías y me decías a veces: Perdona, pero yo no sé aparecer). En la primera casa yo te esperaba y no llegabas nunca. La primera casa estaba hecha de fiebre y los lugares se llamaban: Uno (o llegar a la casa). Cinco (o buscarte en el hambre). Seis (o los días sin número). Así iba creciendo la casa sin que estuvieras dentro. En realidad nunca estuviste y por eso siempre se repetía en las paredes:

Y me abandonas, cómo de fuerte me abandonas, me abandonas con la misma fuerza con la que yo te espero y sé, cada vez sé mejor, que ya no vas a venir.

Había muchas cosas escritas con barro o ceniza en las paredes. Ahora no puedo decirte todo lo que había escrito. La otra casa era distinta. Una casa en el norte y sin lluvia, al menos sin esa lluvia interior. Tenía menos que ver conmigo y nada que ver contigo. En realidad era completamente él, Ανδρέας (quiero decir que él o el primer hombre). Era hablar de sus manos construyendo la casa y de cómo no llovía y de lo hermosa que habría sido para engendrar y empezar de nuevo la especie. Algo así. Creo que no era más que mi fascinación por sus manos y la brevedad de sus manos. Y eso no tiene nada que ver contigo ni con la fiebre ni la lluvia. En realidad tú nunca nadaste en línea recta desde el Atlántico ni sé si alguna vez de verdad quisiste que existiera la casa.

mayo 17, 2009

"La lluvia

como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme, buscarme la cerviz, bajar,
lamer el eje vertical,
contar el número de vértebras que me separan
de tu cuerpo ausente.
[...]"
José Ángel Valente. De El temblor

Que te velen la fiebre, el insomnio y la fiebre. Cuando se sueña así se sueña más intenso y crees de verdad que un perro te devora las manos. Sudas como si eso pasara o como si fuera cierto que recorro el camino que hay de mi casa a la tuya y te busco para que me veles la fiebre. Es mentira que recorro ese camino, ni siquiera existe un camino así (no como el del sueño, lleno de sol y delirios y erupciones de asfalto y cielos rosas). Pero en la fiebre era claro, nítido, cada paso que daba, la conciencia de buscarte, la forma en que llamaba a tu timbre (¿2ºC? No recuerdo si en realidad 2ºC, pero se superpone el sueño, la nitidez del sueño y ya no importa si 2ºC o un piso distinto). De fondo sonaba All Alright mientras yo iba a buscarte y Jónsi pronunciando I'm singin' with you, singing in silence. Yo quería explicarte algo así, algo que a lo mejor coincidía exactamente con todas esas sílabas. No lo sé. Tenía fiebre en tu escalera, buscando desde abajo tu balcón y era como si sólo quisiera decirte (la canción demasiado fuerte, vibrando en el tímpano izquierdo, que es un tímpano herido desde anoche) algo así como I'm singin' with you o let's sing into the years. Y ahora escribo como si no supiera que estoy despierta. Como si siguiera recorriendo ese asfalto y buscándote y pensando en que me veles la fiebre o el insomnio. Escribo sin saber qué hora es en la calle o en tu barrio o en tu 2ºC y si no será verdad que he recorrido ese espacio y te he buscado y al otro lado no había nada.

mayo 03, 2009

Festival

El exceso y la música. Bajo todos los cuerpos, esos miles de cuerpos, los mismos órganos vibrando con la fuerza repetida que mueve los altavoces. Sentirse parte de esa masa que grita y que es joven y es bella y que levanta los brazos. Todos los brazos el mismo brazo, sincronizado y perfecto, la música que nos vibra en los ojos y en los tímpanos hecha carne. La búsqueda. Un instinto tribal y de tambores, alcanzar el éxtasis. Cerrar los ojos y el éxtasis, moverse como se mueve un solo cuerpo y ser todos parte anónima y excesivamente igual de esa masa que respira y que salta y que jadea.

mayo 01, 2009

Escribí al volver: "A. huele bien y lleva zapatillas azules y pronuncia la palabra escafandra." Yo llevo restos de ceniza y alcohol en los zapatos. Me produce náusea mirar hoy los zapatos y recuerdo al llegar abrir el Libro y que el Libro dijera: "Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos." Y entonces tenía que soñar la casa, esa casa que escribí para ti. En la casa te esperaba siempre en lugares horizontales, escuchaba tu música, leía tus libros para esperarte. No venías pero tenía la certeza de que ibas a llegar. Recuerdo un tranvía francés y toda la música de la casa. Esperarte en la casa. Levantarse con la paz de esperarte en la casa. En el sueño te pedía perdón por haber escrito en un papel: "A. huele bien y lleva zapatillas azules y pronuncia la palabra escafandra." Te explicaba que ese olor era un olor a química y nada más, que tomé esas notas para convencerme de que hay mundo más allá de tu cuerpo y eso es todo. Te contaba todo eso mientras te esperaba en la casa y tu presencia era sutil y apenas física. No quería levantarme después de soñarte así, de volver a verte, y ahora recojo las botellas del salón y escucho esa música que duele y te escribo a modo de exorcismo, como último intento de sacarte de aquí. Y no funciona.