abril 27, 2008

Mientras tú

cambias de forma yo
cambio de idea.

Esta hidráulica mental no la comprendo

abril 25, 2008

Sold Out


No sé si de verdad querías venir conmigo. En todo caso, habríamos llegado tarde. Nunca salen los trenes de aquí a la hora que se espera. Habrías murmurado una blasfemia contra la puntualidad británica - perdón, no contra, sobre- y habríamos ocupado cada uno el extremo de un vagón en el metro desde Liverpool Street, sin mirarnos. Al llegar al Hoxton Hall tuve - perdón, habría tenido - ese nudo en la garganta. Y tú con las entradas en la mano, preguntando que dónde, explicándomelo a mí. Luego lloré un poco, sólo un poco sin que te dieras cuenta. Fue con esa canción que siempre escucho. Y siempre me hace llorar. Me hace llorar aún más si es el Hoxton Hall y es 24 de Abril en Londres. En la vuelta apenas hablamos. Sólo para pedir el taxi en la North Station. Luego te veía mirar, desde el calor del coche, el relente en los lagos, en el césped y en el cemento de este lado de acá, de tan acá. Qué pena que hace ya tanto entraras a aquella cocina - era otro lugar, otro calor. Te recuerdo de manga corta, sentándote cerca, ofreciendo tu ayuda. Yo te dije que no mientras lavaba un racimo de algo, y entonces fue cuando dijiste, te oí decir: By the way... Sold out.

abril 23, 2008

Identidad


Había olvidado quién soy. Hoy me lo recordaron con una carta. Una de esas cartas internas, que llegan de un despacho al buzón, directamente, y que están llenas de códigos y deadlines. Deadlines, esa palabra. Lo había olvidado. Soy 0714259.

abril 22, 2008

wollen / dürfen

Ada, tu carta


Lo primero que hice fue mirar el correo. Pero no. Pensé que habíamos perdido el cuaderno para siempre. No estaba en el buzón, ni bajo mi puerta, ni del lado del microondas donde se acumula la correspondencia perdida. Pregunté a la gente. Ellas me dijeron: No sé, dígale al güero. Y el güero se fue a París y tampoco él tenía tu carta. Me entristeció esa pérdida. Pensé en las idas y venidas de la libreta azul, en tu forma de lamer un sello, en cómo fabricas un sobre y en tu letra hacia arriba. Qué pena tuve, Ada, de haber perdido ese cuaderno. Luego recordé algo, una frase, y marqué desde otra casa la extensión de la habitación nueve. Ella dijo: Sí, la tengo yo. Y al volver estaba tu carta debajo de mi puerta, al lado de una postal desde Madrid, del L8. Te leo, Ada, por fin te leo. Y leerte ahora, después de abril y habitar los bares y estar contigo y hacer una foto de tu risa, es como leer el pasado desde el pasado. Creo que esa calma, esa cosa tan clara con la que me escribiste entonces, un día de mitad de marzo, no se parece en nada a lo que ahora vives. Por si acaso te digo, te recuerdo, Ada, que en esa carta me dices que ella te dijo, te regaló aquello de "Camina consciente." ¿Recuerdas "Camina consciente"? Recuerda, Ada. Y sobre todo eso: Consciente.

abril 21, 2008

Subir


Foto: Chema Madoz

Si ahora mismo recorriera hacia arriba los alrededor de ciento treinta peldaños que separan mi piso tres de tu piso doce, si llegara hasta allí descalza, o no descalza, y con cansancio de escalera golpease suave la puerta del pájaro negro, del otro lado estarías. Te imagino horizontal, mordiéndote el labio inferior, leyendo con prisa los más de cien artículos que aún te quedan por leer sobre protocolo y tribunales de antes de que nacieras. O a lo mejor descansas, con una canción, solo una y volver al estudio, descansas. O tecleas una combinación imposible de palabras en Google o investigas sobre el efecto de ciertos gérmenes en el sistema digestivo. Yo hago el camino inverso, mientras tanto. No subo los ciento treinta peldaños que me llevarían a ti. Bajo del tres al uno en el ascensor, voy al supermercado, me enfado con este invierno, entrego tres mil palabras inglesas sobre la /r/ en un sobre amarillo. Hago el camino contrario. Y en realidad lo hago, sé que no lo hago, que no subo descalza esos cien escalones, ni te nombro en el pasillo, ni golpeo con los nudillos el pájaro negro de la puerta siete porque tengo miedo de que al hacerlo, si es que estás ahí, te desvanezcas.

Hay espacios

que se parecen a este espacio.

Going to a Town


'I really need to know, after soaking the body of Jesus Christ in blood."

Campus


No comprendía el frío al salir del aeropuerto, la lluvia, la gente encogida bajo un abrigo color gris. Ha sido como viajar las estaciones. Luego yo sola en el x22. La lluvia y hora y media dentro del x22. El conductor de lejos y yo en la fila seis, o la diez, he leído, viendo ya de lejos las torres, y lo verde, he leído:

CAMPUS AMERICANO

University of Oregon

Entre la biblioteca y el gimnasio
se extiende el cementerio donde duermen
los que fundaron la ciudad. El musgo
crece por las mayúsculas romanas
de los nombres británicos, y dentro
de los exactos números el liquen
obstruye la lectura: Died september.
Consigo descifrar que alguien vivió
28 años 17 días
en el siglo pasado, el XIX.
Apenas una cruz, algún ciprés.
Hiedra por todas partes. Instantáneas
corren irreverentes las ardillas
sobre las tumbas. Y por los caminos
algunas bicicletas, estudiantes
con los monopatines y los libros
bajo el brazo, y el tránsito esperable
de enamorados y de solitarios.
Yo mismo lo atravieso muchas veces.
Los jueves por la tarde los alumnos
juegan en la pradera colindante
un partido de rugby que terminan
felices y agotados. Todo indica,
por el conocimiento que tenemos
de este mundo, que un día sus magníficos
muslos descansarán bajo la tierra.
Pero la sobredosis de futuro
propia de cualquier campus y la idea
de que las leyes físicas no tienen
plena vigencia en este territorio,
me hacen pensar en la resurrección
con una intensidad inusitada.
Tal vez también influya que este otoño
acabo de cumplir cuarenta años.
Juan Antonio González-Iglesias.
De Eros es más.



abril 16, 2008

A veces recuerdo esas tardes como si fueran todas de invierno. No lo eran. Pero las recuerdo así. Recuerdo una, sobre todo una. Me quedaba recogiendo porque lo sabía en la puerta, esperando en el coche blanco, diciéndole a él: ¿Qué tal, hijo, la clase de hoy? Lo sabía en la puerta y yo ordenaba las tizas por colores, me soplaba las manos, cambiaba de sitio las sillas una vez más. Entonces apagaba las luces, recorría el colegio a oscuras, desierto, a las seis o las siete de la tarde, no lo sé, y lo sabía en la puerta. Echaba el candado dándole la espalda, sabiendo sus ojos sobre mi espalda, y entonces llovía, esa tarde llovía. Procuré no mirar, me pedía no mirar, pero lo sabía ahí. Era él. No la madre, ni la hermana, ni la prima mayor, era el padre, era él. Y desde el carril de enfrente el claxon, yo temblando al echar la llave y desde el otro lado el claxon. Y él: ¿Te llevo? Y yo sin mirar, con los libros contra mí, negando con la cabeza. Y él: Vamos, mujer, que llueve mucho. Y el niño: Sí, seño, porfa, ven. Y sonreír, con vergüenza, sonreír, acercarme a ellos mojada, entrar por el otro lado, sentir la calma de esa casa que seguramente aún hoy habitan, aún habitáis. El sonido a ratos del limpiaparabrisas, la aguja tenue del marcador de velocidad, la distancia tan corta, sus manos en el volante. Y afuera la gente con lluvia, casi nadie y la lluvia. Dentro vosotros, el niño tocándome el pelo, de fondo la radio. Y verte conducir. Verlo conducir. El tiempo en los semáforos, los atascos, la gente, las luces, todo tras esa lluvia menos el coche por dentro, la calma por dentro. Mirarle las manos, de reojo, la radio y el ritmo del limpiaparabrisas. Luego llegó el verano, supongo, aunque no lo recuerde, luego tan solo cruzármelo en la calle, alguna vez, preguntarle por el hijo, contarle cuánto llueve en un campus al norte de Londres. Y nada más.

- una vez algo más, pero sólo una vez -

Y esta tarde estaba. Era como una de esas tardes de colegio y de volver sola, negándome a escuchar en su boca mi nombre, a escucharlo llamarme con la ventanilla bajada. Esta tarde yo sentada en un banco y él vigilando al hijo desde el banco de enfrente. El hijo ha olvidado mi cara, o eso creo. El padre mirándome y yo miope, yo sin saber qué decirle, si decirle o hacer como que no, como cuando no lo oía llamarme desde la carretera y quedarme pensando, nada más, en esas tardes de volver sin luz y la calma de ese coche por dentro y lo tranquilo y cálido que imaginé siempre el lugar en que vivíais, en que creo que vivís.

abril 15, 2008

llevo toda la tarde


esperando tu entrada (pero encuentro sólo los vencejos)

abril 14, 2008

Caminarte a la estación, como dicen ellos, caminarte, acompañarte, quiero decir, cantando por dentro, escuchando cantarme por dentro a alguien que se parece a Bambino o que es Bambino y dice te odio tanto, y yo me digo que no, cerca de la estación, dársena treinta, estamos aquí, temo mucho algún día odiarte, mientras murmuro algo que nadie entiende, te explico que éste o el otro asiento, aprieto a Gil de Biedma entre las manos, me oigo leer, te doy algo de agua - i need more poison -, me doy cuenta de que te vas, de que verte irte se parece a esperarte, es esperarte invertido. Antes la espera, el desasosiego de la espera, el mismo banco, buscarte en los vagones, eso no son vagones, autobús cientocincuentaicuatro, dársena treinta y uno, ahora verte partir, verte deshacer caminos dirección norte, preguntarme, siempre preguntarme, ahora ya no hay preguntas, ahora nada más que verte irte, mirarte irte, decirle adiós a lo que queda de ti, lo que llega de ti de ese lado del cristal, tras esa luz, la última luz, la primera, quiero decir, de diez, de casi diez de la mañana. Y ahora no sé qué se hace cuando ya no es la espera, cuando ya has estado, cuando ya te has ido y soy yo misma en un autobús dirección norte recordando las horas, el sol y las horas. Entonces lo pienso a él diciendo: recuerdo, cordura, cordis, y agradezco que al menos aún quedemos nosotros de este lado.

abril 10, 2008

Y dijo él:

"El demonio es la fiebre. Uno siempre ha creído que los grandes y pequeños mitos generados por cada religión, o que la generan, son imágenes y experiencias tomadas de la vida común de los hombres, pues sólo así podrían lograr entendimiento entre ellos. No hay otro fuego que el fuego de la fiebre."

F.Umbral La belleza convulsa

abril 06, 2008

Hoy recibí sin querer una foto tuya en Estocolmo. La ciudad no es tan bonita y tú aún usas ese peinado con el que prometiste acabar. Ha sido extraño verte, saber que existe y que aún paseas tu rostro de belleza intacta por países del norte. En la foto se ve que aún tienes manos pequeñas, que tu boca un día supo nombrarme, que mi idioma en ti no significa nada. He visto muchas cosas en esa foto. Aún me cuesta distinguir si tienes abiertos los ojos o no. Te recuerdo diciendo, a la altura de la almohada: Abiertos. Recuerdo una sábana azul y tardes sin horas. Me gustan las camas mientras llueve, me gustaba verte latir desnudo. Puede que aún me guste. Pero tú hoy duermes en un lugar de Suecia o de más lejos, no lo sé. Me prohíbo una postal, una foto del sur o mis espacios y en el dorso escrito algo así como: 24 de Abril, and I'm running out of patience. Me prohíbo. En lugar de eso, salgo por bares hasta tarde. Escondemos cartones con alcohol detrás de un lavabo y rellenamos gratuitamente botellas de cocacola. Me prohíbo una postal. No le digo a nadie tu nombre. Deseo que dure siempre este abril, temo aviones de vuelta y me sorprendo, aún, si recibo a estas horas, aquí que apenas eres, una foto tuya en Estocolmo.

abril 05, 2008

Welcome back


Consiste en desear siempre lo "del lado de allá." Nada más que eso. Que alguien te diga, con más inocencia que malicia: Tú no puedes estar contenta nunca, y tú explicando una historia de un cuadro de ajedrez y una cocina llena de idiomas y de gente. Y alguien diciendo: Tú no puedes estar contenta nunca. Y te da pesar oír eso, aunque hagas como que no oyes, aunque no mires, aunque sigas moviendo las manos y hablando en voz baja a quien te escucha. Te das cuenta de que aquí no hay las playas que te prometieron, de que El perseguidor, porque él te dice mirándote en el pasillo cuando te ve entrar tan pronto, con el maquillaje intacto y el bolso a ras del suelo: Persigues algo que no existe. Tan solo dice eso y vuelve a su cuarto. Tú te secas una lágrima mientras se te hacen borrosos los pies y entras en la cama sola y contra las sábanas te palpita algo feroz por dentro, algo que te dice, más que te dice pregunta, aburrido o cansado: ¿Tampoco aquí?