El escenario es distinto cada vez: un bar, una fiesta, la calle Amberes o la casa de mis abuelos con las dimensiones que tenía en mi infancia. No importa dónde, la angustia es siempre la misma. Hay gente que quiero haciendo algo con prisa: beber con prisa, despedirse con prisa, atropellarme con prisa. Yo busco un billete de vuelta y me digo: Tengo que volver. Lo busco sin convicción, me miro un reloj que no existe pero que siempre me recuerda la misma hora: Las once y veinte. Llego tarde. Y entonces, esté donde esté, aparecen ellos. Ella cocina para mí algo con espinas y yo lo como sin detenerme, con sed, una sed terrible y sin beber agua. Él busca las llaves del coche y dice: Os espero abajo, o dice: Os espero en la calle, o dice cualquier cosa para desaparecer y que yo me quede sola buscando el billete, o mirando el plato, o metiendo ropa sucia en una maleta marrón. Me angustia la prisa y las ganas de quedarme. Ellos ya no están, pero sé que me esperan. Me agacho para que no me vea nadie a través de las ventanas, me muevo por el suelo, gateo o me arrastro, siempre con dolor en el pecho, con una angustia real. Me esperan. Veo desde arriba el coche arrancado en medio de la calle. A veces los veo desde un sitio, otras veces desde otro. A veces hay alguien más con ellos, a veces no. No sé, han sido tantas veces que ya no sé bien. Nunca me monto en ese coche, nunca llegamos al aeropuerto. Me despierto sin aire, me seco el sudor y lloro, después de un mes de la misma pesadilla, lloro. Y me entran ganas de escribirle al otro lado, a Ada, por ejemplo, diciéndole: Ada, ¿qué me pasa? Desarrollo apatía y un extraño miedo a los aviones.
febrero 14, 2008
febrero 12, 2008
Después del ruido
Me doy cuenta, ahora, después del ruido, de que aquí se vive en silencio, nos movemos en silencio, caminamos este lugar sin calles, de un lado a otro del lago artificial. Somos tantos aquí, miles de personas caminando sin ruido, carpeta contra el pecho, y sólo rompe ese silencio el ruido del microondas, la voz del doctor Spencer en las clases de fonética, el pie contra un charco, pasar página, un ruido de máquina, de alguien escribiendo tres mil quinientas palabras sobre la inflación en Colombia, el ascensor al frenar y las alarmas de incendios. Ni siquiera en el médico se pronuncia tu nombre. En la sala de espera hay un panel negro con letras rojas, como en los estadios, que dibuja tu nombre y parpadea entre una orla de estrellas de seis puntas o helicótperos mientras algo hace un ruido electrónico que no para hasta que te levantas. Hay un silencio de domingo aquí que dura siempre. Incluso con la alarma de incendios, que se clava tan dentro del oído, aún perdura el silencio. Bajamos la escalera con orden, con costumbre, sin miedo, sin pánico. Utilizamos la salida de emergencia, esperamos con frío hasta que viene alguien de seguridad con un chaleco fosforescente y lo deja todo en calma, en el mismo silencio pero en calma, y subimos otra vez con ruido de pasos nada más, sin voces, y hay un sonar de puertas o de llaves y luego vuelve el silencio de siempre. Por eso hay que huir, a menudo, una vez por semana, y tratar de buscar la vida en cualquier playa de Clacton o en una calle de Londres. 
febrero 11, 2008
La pena o la nada
A veces, Betty Blue, tengo malos sueños, y te veo, casi puedo tocarte, con un racimo de cuchillos sucios en medio de corredores blancos.
http://www.youtube.com/watch?v=lJYUEQ7H4Nk&feature=related
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febrero 10, 2008
Decepción
"(...) porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer."
Julio Cortázar. Rayuela.
Julio Cortázar. Rayuela.
Si yo pudiera escribirte ahora, Rocamadour, si no fueras ya un bebé hecho ceniza, si yo fuera un poco más la Maga, estaría decepcionada de verdad con el mundo. Te diría que hay algo de fraude en todo esto, en todo, te diría que incluso ver a un ángel blanco caer de espaldas en pleno centro de Londres tiene algo de mentira. Rocamadour, bebé, bebé, te diría yo, la gente engaña, la gente se ordena como un cajón de cómoda y se deja siempre fuera la belleza. Rocamadour, tú no cabrías ahí, la gente se ordena y tiene compartimentos, tiene por ejemplo el trabajo, las horas de tele o de monte y acaba siempre todo en un punto medio que decepciona, en una cosa que no se parece a los libros o al cine y entonces llega alguien que acabo de conocer y me dice: No puedes estar siempre esperando la vida, pensando que es esa cosa que está en cualquier otra parte. No sé, Rocamadour, si yo fuera tú o la Maga, si yo no fuera también otro cajón de cómoda, tendría ahora mismo un enfado terrible con el mundo.
febrero 07, 2008
Querida Ada:
Me pregunto por qué no me escribes. Aquí, algunas tardes son como ésta. Hay un poco de paz, se respira el silencio, y puede uno leer o cortarse las uñas cerca de la ventana. Soy más feliz desde que he cambiado de piso, aunque de allí aún echo de menos cosas. A ti, por ejemplo, regalando flores un sábado por la mañana, fingiendo un abril en el que nadie cree. A mí, Ada, puedes hacerme creer esas cosas: Que es primavera en enero o que viviremos un día en una casa amarilla y sin paredes. Echo de menos cosas. Echo de menos una noche de jueves en que los dos bebíamos de una botella de ron encontrada en la calle, y no había más luz que la de una estufa. Luego, a veces, estabas tú también, con la programación de la filmoteca impresa en papel amarillo o con una chapita azul en la solapa. Y de aquí, de la otra torre, tus cartas son lo que más echo de menos. A lo mejor aún no sabes que ya no más Rayleigh Tower. A lo mejor no sabes que vivo en un tercero, pero en un tercero diferente, que ya no hay barra de seguridad en la ventana de la cocina ni botellas rotas en la moqueta del pasillo. Escríbeme, Ada. Si me escribes a lo mejor te hablo de estas tardes, de que hace unos días que vivo en el vértigo. Cuando era pequeña, a veces, me gustaba pensar en la velocidad de la tierra. Entonces me agarraba a la mesa del salón o al grifo del lavabo, a cualquier elemento sólido que estuviera a mi alcance. Me gustaba pensar eso, sentir el vértigo. Y hace unos días que sin quererlo vivo en ese vértigo, como a los lados del eje o en un punto muy alto de la estratosfera. No me gusta ese vértigo. Entonces me tumbo de lado, me pregunto, Ada, por qué no me escribes, y escucho canciones que son más de allí que de aquí: Patience
febrero 05, 2008
Forever Away
Forever Away
"En español, añoranza proviene del verbo añorar, que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti."
Milan Kundera. La Ignorancia.
Milan Kundera. La Ignorancia.
A menudo uno cree, una creía, no ser de ninguna parte. Nowhere man. Y eso es bueno, pero a veces no es verdad. Y lo pienso tomando el avión de vuelta, me digo: Qué bueno sería no ser de ninguna parte, no abrazar a la gente como si me viera abrazarlos ya desde su ausencia, no llorar en los bares que echo de menos o por una canción que hacía tanto que no sonaba en ningún lugar público. Pero es cierto, y recuerdo entonces a gente de aquí, gente que lee en bibliotecas de cemento y habla a veces de George Orwell, con el llanto en los ojos y acodada en la mesa: Lo peor es no sentirse parte de nada. Y es cierto. Eso que una creía lo mejor, ese desapego, esa huida, ese no saludar a la gente del barrio ni dar que hablar en las peluquerías, ese no valorar lo propio, no guardarle cariño a esas calles, no querer quedarse, decir muchas veces: Lo que sea menos quedarme, de repente se vuelve en contra, se te rebela, se impone y tú lo respetas, te ríes de bromas que has oído ya, no te molesta tanto el ruido de los restaurantes y una charanga de carnaval te parece entrañable si es sábado y no estás sola, si hay vida más allá de la ventana con sistema anti-suicidio, si no te echan a las once de los bares, si viniste ayer y te vas mañana, si la gente te pregunta qué haces aquí y a ti sólo se te ocurre algo así como: No sé, es que echaba de menos.
enero 27, 2008
Imposibilidad de vocalizar
Es cierto, sé que no me canso de hablar del ruido. Me obsesiona el ruido, me hiere, me molesta. Es un ruido de música, o de golpes contra la pared, o de botella contra el suelo. Y tú tienes a Umbral, Mortal y rosa, entre las manos, pero el ruido no respeta. El ruido te llega, te agarra por detrás, te invade. Es terrible no poder luchar contra ese ruido. Llorar con las últimas líneas, con estoy oyendo crecer a mi hijo, con el final, el comienzo, y que el ruido no permita ser consciente del propio llanto, ni de esto que estoy escribiendo ahora y que no leo, no oigo.
enero 26, 2008
Eres hermosa, Betty Blue, tan hermosa, pálida de muerte sobre una cama blanca. Tú no sabes que me has hecho llorar tanto, que eres frágil y que me gusta en tus labios la palabra étoile. Betty Blue dando un si bemol disonante sobre acordes de Zorg y el tequila que le queda. Betty Blue visitando a los muertos. Betty Blue, eres graciosa en la playa, y yo adoro el ruido de vencejos y de feria que hace cerca de ti el verano.
enero 20, 2008
Seguramente tú no sabes qué significa papillas de maicena. Es normal cuando eres extranjero y vives en un cuarto de paredes durazno y desconectas el teléfono de su clavija verde. Papillas de maicena es una cosa que tomaba de pequeña en un plato de plástico con el borde azul y se comían con una cuchara blanca que sabía dulce y aquí no existen ni hay nada que se le parezca. Te llamaría ahora y te diría que recuerdo mucho ese sabor y te hablaría de este viento que no me deja dormir y que hay basura en mis pasillos y tres botellas vacías de vodka atascando el fregadero. Te diría que se me pegan al suelo los pies en la cocina y que la palabra sábado no tiene ningún sentido aquí. No sé qué podrías hacer tú por cumplirme ese deseo, por darme ese capricho. Te pega perdonarme, llamarme alguna vez y aparecer una noche con viento con una bolsa de quinientos gramos color plata y decirme en este idioma que no es tuyo con un acento de todas partes: Toma, tus papillas de maicena.
diciembre 08, 2007
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