cambio de idea.
Esta hidráulica mental no la comprendo
Foto: Chema Madoz
Si ahora mismo recorriera hacia arriba los alrededor de ciento treinta peldaños que separan mi piso tres de tu piso doce, si llegara hasta allí descalza, o no descalza, y con cansancio de escalera golpease suave la puerta del pájaro negro, del otro lado estarías. Te imagino horizontal, mordiéndote el labio inferior, leyendo con prisa los más de cien artículos que aún te quedan por leer sobre protocolo y tribunales de antes de que nacieras. O a lo mejor descansas, con una canción, solo una y volver al estudio, descansas. O tecleas una combinación imposible de palabras en Google o investigas sobre el efecto de ciertos gérmenes en el sistema digestivo. Yo hago el camino inverso, mientras tanto. No subo los ciento treinta peldaños que me llevarían a ti. Bajo del tres al uno en el ascensor, voy al supermercado, me enfado con este invierno, entrego tres mil palabras inglesas sobre la /r/ en un sobre amarillo. Hago el camino contrario. Y en realidad lo hago, sé que no lo hago, que no subo descalza esos cien escalones, ni te nombro en el pasillo, ni golpeo con los nudillos el pájaro negro de la puerta siete porque tengo miedo de que al hacerlo, si es que estás ahí, te desvanezcas.
CAMPUS AMERICANOJuan Antonio González-Iglesias.
University of Oregon
Entre la biblioteca y el gimnasio
se extiende el cementerio donde duermen
los que fundaron la ciudad. El musgo
crece por las mayúsculas romanas
de los nombres británicos, y dentro
de los exactos números el liquen
obstruye la lectura: Died september.
Consigo descifrar que alguien vivió
28 años 17 días
en el siglo pasado, el XIX.
Apenas una cruz, algún ciprés.
Hiedra por todas partes. Instantáneas
corren irreverentes las ardillas
sobre las tumbas. Y por los caminos
algunas bicicletas, estudiantes
con los monopatines y los libros
bajo el brazo, y el tránsito esperable
de enamorados y de solitarios.
Yo mismo lo atravieso muchas veces.
Los jueves por la tarde los alumnos
juegan en la pradera colindante
un partido de rugby que terminan
felices y agotados. Todo indica,
por el conocimiento que tenemos
de este mundo, que un día sus magníficos
muslos descansarán bajo la tierra.
Pero la sobredosis de futuro
propia de cualquier campus y la idea
de que las leyes físicas no tienen
plena vigencia en este territorio,
me hacen pensar en la resurrección
con una intensidad inusitada.
Tal vez también influya que este otoño
acabo de cumplir cuarenta años.