septiembre 30, 2006

Teclas


Es que hay veces que no, por mucho que quieras. Está más cerca lo de siempre, el sueño, los ojos, la luna, todas esas cosas que llenan de nada las palabras a base de veces. Y veces, es que hay veces que no. Por mucho que uno, que una se empeñe, no. No se puede. Y se prueba delante del espejo, en voz baja, en la cama, en el sofá, con música, en la calle, en las esquinas, en las terrazas con gente o debajo de las palomas (de las palabras, escribí ahora que no estoy escribiendo, que estoy sin estar, sin pensarlo). Así que debajo de las palabras. Quizá eso sonaría a algo si no estuviéramos ahora en esto que no es nada. Si no estuviera más pendiente de la leche caliente, de mis ojos, del humo, de los olores, que de las teclas o eso que a veces, cruzando pasos de cebra y dando los besos de rigor a escritores que añoro, eso que a veces, cuando no llegan noticias de Berlín y todo se pone extraño y las señales nos engañan, me vuelven loca y aparece esa paranoia de números convertida en treses de rojo repartidos a lo largo de la acera, eso que a veces, cuando él olvida mi nombre, o cuando alguien me embiste con la lengua, eso que tantas veces, me hace llorar (y aquí llorar no duele). Eso y no el vaso de leche caliente, mis ojos, el humo, los olores. Más aquí que allí. Más entre las teclas.

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